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Revista AltoTorque

en los años 80s antes de las inyecciones electrónicas y los frenos ABS, Colombia se movió a punta de humo azul, escape ronco y motores que sonaban a avispa enfurecida. Este es el recorrido por las motocicletas que definieron una década y que todavía hoy hacen suspirar a quien las escuchó pasar.
Foto: Reddit.com – El sonido de un motor de dos tiempos acelerando a fondo es, para toda una generación de colombianos, el sonido mismo de los años 80.

En los años 80s Colombia se movió a punta de humo azul, escape ronco y motores que sonaban a avispa enfurecida. Este es el recorrido por las motocicletas que definieron una década y que todavía hoy hacen suspirar a quien las escuchó pasar.

En los años 80, Colombia era un país que se movía distinto. Las ciudades crecían más rápido de lo que las vías podían soportar, el campo seguía siendo el motor silencioso de la economía y comprar un carro seguía siendo, para la mayoría de las familias, un sueño lejano. En ese escenario, la motocicleta dejó de ser un capricho y se convirtió en la solución más razonable, era barata de comprar, barata de mantener y capaz de moverse por caminos donde ni un campero se atrevía.

Ahí nació el vínculo. Fue la herramienta con la que un mensajero cumplía su ruta, con la que un campesino llevaba su cosecha a la plaza, y con la que un adolescente de barrio soñaba con dejar atrás la bicicleta y buscar otros horizontes.

Y en esa historia, el protagonista mecánico indiscutible fue el motor de dos tiempos (el sistema que completa su ciclo de combustión en solo dos movimientos del pistón, en lugar de los cuatro de un motor convencional), reconocible por su sonido agudo, su nube de humo azulado que se debe a que quemaba también el aceite a la hora de la combustión, y una relación peso-potencia que ninguna otra tecnología de la época lograba igualar a tan bajo costo.

Por qué la moto se volvió indispensable en la Colombia de los 80

El boom no fue casualidad. Coincidieron varios factores: una industria textil y metalmecánica próspera que empezó a invertir en el ensamblaje local, una política de gobierno que autorizó a distintas empresas a montar plantas en el país, y una geografía que entre montañas, veredas destapadas y ciudades en plena expansión le daba toda la razón a un vehículo liviano, económico y fácil de reparar con las manos.

Marcas como Incolmotos-Yamaha, Auteco (que ya ensamblaba Kawasaki desde 1972) y, ya entrada la década, Suzuki y Fanalca con Honda, encontraron en Colombia un mercado hambriento de motorización, pues vendían la posibilidad de que un obrero, un mensajero o un finquero tuvieran, por primera vez, un vehículo propio.

La llegada del motor de dos tiempos: liviano, ruidoso y barato de arreglar

Para una economía como la colombiana de los años 80, el motor de dos tiempos tenía todo el sentido: pocas piezas móviles, mecánica sencilla que cualquier taller de barrio podía entender, y una potencia por cada centímetro cúbico que los de cuatro tiempos de la época no alcanzaban a ofrecer en cilindradas pequeñas. El costo de esa ventaja era un consumo de aceite constante (mezclado con la gasolina o inyectado por un sistema de autolubricación) y un nivel de emisiones que, décadas después, terminaría sacando a estos modelos del mercado.

Pero en los 80, nadie pensaba en eso. Lo que importaba era que una moto de 100 o 125 centímetros cúbicos pudiera acelerar como una de mayor cilindrada, algo que marcó a toda una generación de motociclistas jóvenes y entusiastas.

Yamaha RX 115: la moto que todo joven quería tener

Foto: Pinterest.com – La RX 115 no era la más grande ni la más cara, pero sí la más codiciada por su combinación de peso liviano y aceleración explosiva.

Ensamblada por Incolmotos en Medellín, la Yamaha RX 115 se convirtió en el objeto de deseo de los adolescentes colombianos de los 80 y buena parte de los 90. Su motor monocilíndrico de 115 cc entregaba alrededor de 16 a 17 caballos de fuerza, una cifra que hoy suena modesta, pero que en una unidad de menos de 100 kilos se traducía en una aceleración feroz para su categoría y velocidades punta que rondaban los 140 km/h.

Sin embargo, hay un dato para los nostálgicos, Incolmotos-Yamaha todavía organiza la llamada Copa RX 115, una categoría de carreras donde solo compiten unidades sin modificaciones mecánicas, un homenaje directo a la moto que le dio a miles de jóvenes su primer contacto con la velocidad en pista.

Yamaha DT 100 / 125 / 175: la conquista de las trochas

Foto: Pinterest.comLas DT no ganaban carreras de velocidad en asfalto, pero eran las reinas indiscutibles de cualquier camino sin pavimentar.

Si la RX era la preferida de la ciudad, la familia DT (100, 125 y 175) fue la que conquistó las carreteras destapadas. Fueron, de hecho, las primeras motos que Yamaha ensambló en Colombia: en octubre de 1975, en las instalaciones de Furesa, en Medellín, salieron las primeras 26 unidades de la DT 175, bajo el liderazgo del empresario antioqueño Francisco Sierra, a quien los aficionados de la marca todavía apodan “El Señor Yamaha”.

Su carrocería tipo enduro, con mayor recorrido de suspensión y neumáticos preparados para terreno irregular, la convirtió en la aliada natural de quienes trabajaban fuera del asfalto, tales como agentes viajeros, técnicos de mantenimiento rural y campesinos que necesitaban llegar a fincas donde ni siquiera había trocha marcada.

En 1978 la línea DT incorporó el sistema monoshock (un solo amortiguador central trasero en lugar de los dos convencionales), una innovación que en su momento causó sensación por lo poco común que era verla en motos de bajo cilindraje.

Suzuki AX 100: la indestructible del campo colombiano

Foto: Pinterest.comLa resistencia de la AX 100 se volvió proverbial: era común verla cargando el doble de su propio peso sin quejarse.

Aunque su gran despegue comercial llegó ya entrada la década siguiente, la Suzuki AX 100 empezó a construir su leyenda desde los primeros años de Suzuki en Colombia, cuando la marca japonesa inició su ensamblaje local en 1982. Durante más de dos décadas se mantuvo como una de las más vendidas del país, especialmente en zonas rurales, gracias a su bajo costo de mantenimiento y a una fama de durabilidad que pocas motos lograron igualar.

No era rápida ni elegante. Era casi indestructible. Se le vio cargando bultos de papa, canecas de leche y sacos de cemento sin que el motor se inmutara, un uso que terminó de consolidarla como la herramienta de trabajo por excelencia del campo colombiano.

La AX 100 se mantuvo en el mercado colombiano hasta bien entrada la década de 2010, cuando las regulaciones ambientales terminaron por sacar del país a los motores de dos tiempos que no cumplían las nuevas normas de emisiones.

Honda XL 125: la rebelde que llegó con motor de cuatro tiempos

Foto: Pinterest.com Mientras sus rivales apostaban por la explosión de potencia del dos tiempos, la XL 125 jugaba la carta de la suavidad y el bajo mantenimiento.

En medio de un mercado dominado por el dos tiempos, la Honda XL 125, traída al país por Fanalca que empezó a importar Honda en 1980 y a ensamblarla localmente desde 1982, en su planta de Acopi, Yumbo, representó una apuesta distinta: un motor de cuatro tiempos, más silencioso, con menor consumo de aceite y una entrega de potencia más suave.

Para un comprador acostumbrado al tirón brusco de las dos tiempos, la XL 125 ofrecía algo distinto: confiabilidad de largo aliento. No era la más veloz de su categoría, pero sí una de las más fáciles de vivir con ella en el día a día, sobre todo para quienes la usaban como transporte diario más que como juguete de fin de semana.

Kawasaki KH250 y KH500: las que ganaron fama de peligrosas

No podía faltar en esta lista la dupla que Auteco empezó a ensamblar desde 1972: las Kawasaki KH250 y KH500, motores tricilíndricos de dos tiempos que se convirtieron en referencia obligada de las carreras de velocidad callejera en varias ciudades del país. El piloto Alfonso Blanco compitió con ambas y cosechó triunfos que quedaron en la memoria de los aficionados de la época.

La KH500 se ganó el apodo de “la asesina” entre los motociclistas colombianos, un sobrenombre nada casual, dado que su entrega de potencia brusca, típica de los motores de dos tiempos de alta cilindrada, la convirtió en una moto tan veloz como exigente de manejar.

Foto: Pinterest.com – Kawasaki KH500, reconocida por el apodo de “la asesina , esto debido a su motor tricilíndrico y al ser dos tiempos la respuesta era mas inmediata.

Dos tiempos contra cuatro tiempos: la pelea que dividía a los motociclistas

La discusión entre las dos tecnologías no era menor en los talleres y parqueaderos de la época. El motor de dos tiempos ganaba en peso, en costo y en una respuesta de aceleración inmediata que hacía sentir “más moto” cualquier cilindrada pequeña. El motor de cuatro tiempos, representado por modelos como la Honda XL 125, respondía con menor consumo de aceite, un sonido más discreto y una vida útil del motor generalmente más larga sin necesitar reparaciones mayores.

En la práctica, la balanza se inclinó por el dos tiempos durante toda la década, simplemente porque ofrecía más diversión y más trabajo por cada peso invertido, algo que en un país donde cada peso contaba, terminó siendo determinante.

El legado: lo que esas motos le dejaron al mercado colombiano de hoy

Casi, (por no decir que todas) estas motos ya no se ensamblan ni se venden nuevas: las regulaciones ambientales terminaron por sacar del mercado a los motores de dos tiempos que las hicieron famosas. Sin embargo, su legado sigue rodando. Muchas unidades de la RX 115 y la AX 100 todavía circulan legalmente, conservadas por coleccionistas y aficionados que las restauran pieza por pieza, y participan en encuentros de motos clásicas en distintas ciudades del país.

Más allá de la nostalgia, estas motocicletas dejaron algo más importante, la base sobre la que se construyó el actual mercado colombiano de motocicletas, uno de los más grandes y dinámicos de Latinoamérica. Marcas como Incolmotos-Yamaha, Auteco, Suzuki y Fanalca-Honda, que hoy dominan las ventas nacionales, construyeron su reputación y su red de talleres precisamente durante esos años en que una moto de dos tiempos era, para millones de colombianos, la diferencia entre caminar y llegar.

La moto como herramienta de trabajo, no solo como juguete.

Es fácil quedarse con la imagen romántica de la moto de los 80 como símbolo de rebeldía juvenil, pero su papel más importante fue mucho más terrenal. La AX 100 y las DT se convirtieron en las compañeras de mensajeros que recorrían kilómetros diarios repartiendo correspondencia y mercancía en zonas donde el transporte público no llegaba. En el campo, motos de baja cilindrada reemplazaron a la mula y al caballo para transportar cosechas, herramientas y hasta a la familia completa en un solo viaje.

Foto: facebook.com – Policías montando en sus vehículos de patrulla de dos tiempos en los años 80s

En las ciudades, pequeños comerciantes las convirtieron en su vehículo de reparto, y varios cuerpos institucionales de la época también incorporaron motocicletas ligeras a su parque automotor para labores de patrullaje urbano, aprovechando su bajo costo de operación frente a un vehículo de cuatro ruedas.

El lado cultural: la moto soñada, la moto rápida y la moto indestructible

Cada motociclista colombiano de la época tenía clara la jerarquía no oficial de las motos de su barrio. La RX 115 era, sin discusión, la moto soñada por los jóvenes: rápida, liviana y con ese sonido de aceleración que se reconocía a media cuadra de distancia. Para quien quería fama de veloz, las Kawasaki KH500 eran la referencia obligada, aunque su apodo de “la asesina” también servía de advertencia para los menos experimentados. Y si de resistencia sin quejas se trataba, la AX 100 ganaba por goleada.

Las modificaciones también fueron parte de la cultura: retirar el silenciador original del escape para conseguir un sonido más agresivo (a costa de la tranquilidad del barrio) fue una práctica tan común entre los jóvenes propietarios de RX y DT que todavía hoy se recuerda con una mezcla de nostalgia y resignación por parte de quienes vivían cerca.

Las cifras que explican por qué esta generación fue tan importante

Distinguir entre una moto icónica y una moto realmente popular requiere mirar los números, no solo la nostalgia. Yamaha, por ejemplo, vendía cerca de 13.000 unidades anuales en Colombia a comienzos de los 80, y su línea RX (100, 115, 125 y 135) acumula más de 87.000 unidades ensambladas en el país a lo largo de su historia. Del lado de Suzuki, la marca inició su ensamblaje local en 1982 y ha acumulado más de 2.000.000 de motocicletas ensambladas en Colombia hasta la fecha, un recorrido que arrancó justamente con modelos como la AX 100 y la A80.

Estas cifras confirman que no se trató de un puñado de motos de culto para coleccionistas, sino de una generación de vehículos que efectivamente rodó, trabajó y se ganó su lugar en millones de garajes colombianos.

Comparativo de las protagonistas de los 80

ModeloMarca / EnsambladorMotorUso principalFama que se ganó
RX 115Yamaha / Incolmotos2T, 115 cc, ~16-17 HPCiudad, uso juvenil, competencia amateurLa moto soñada por los jóvenes
DT 100/125/175Yamaha / Incolmotos2T, enduroZonas rurales, trabajo de campoLa conquistadora de las trochas
AX 100Suzuki2T, 100 ccTransporte rural y de carga livianaLa indestructible
XL 125Honda / Fanalca4T, 125 ccTransporte diario, uso mixtoLa confiable de bajo mantenimiento
KH250 / KH500Kawasaki / Auteco2T, 2-3 cilindrosVelocidad y competencia callejera“La asesina”, la más temida en pista

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